Juan Carlos Salazar – Periodista

Al comentar la victoria de Alberto Fernández y Cristina Kirchner de hace un año en Argentina, evoqué en esta misma columna un famoso microcuento de Augusto Monterroso, El dinosaurio (“Cuando despertó, el dinosaurio estaba todavía allí”). Imaginaba entonces la perplejidad de Mauricio Macri al toparse con una realidad política que él creía superada. La imagen volvió a mi memoria tras la noche electoral del domingo pasado. Al despertar, los bolivianos nos encontramos con que el MAS todavía estaba aquí, intacto, como hace 15 años.

Las encuestas nos habían persuadido de una posible segunda vuelta, así que la victoria del candidato del Movimiento Al Socialismo no dejó de ser una gran sorpresa —incluso para quienes veíamos los sondeos con cierta cautela—, no solo porque se daba en la primera vuelta, sino por la magnitud del triunfo, con una ventaja de veinticinco puntos porcentuales sobre el abanderado de Comunidad Ciudadana.

Luis Arce no solo había logrado superar ampliamente la votación que obtuvo su mandante en las elecciones anuladas de 2019, sino que había colocado a su partido en el mismo nivel de 2005, cuando inauguró su gestión de 14 años. Los propios masistas admiten en privado que nunca imaginaron una victoria tan amplia.

Alguna vez recordé la ironía con la que René Zavaleta Mercado se refería a los sueños prorroguistas de algunos dictadores militares cuando aseguraban que permanecerían en el poder 10 o 20 años. El autor de La formación de la conciencia nacional decía que la eternidad en Bolivia no dura tanto tiempo. Zavaleta no vivió para opinar sobre la “eternidad” masista, pero está a la vista que la caída de Morales no fue otra cosa que la apertura de un simple cuarto intermedio en lo que ya era el mandato más largo de la historia de Bolivia.

Se dice que la victoria tiene mil padres y que la derrota es huérfana. Y es así. En los próximos días, semanas y meses seguramente seremos testigos de una implacable caza de culpables y de un endiosamiento de los héroes del momento, pero, por eso mismo, creo que es más importante la autocrítica que la crítica. No solo de los perdedores, que buena falta les hace, sino y sobre todo de los vencedores, debido, precisamente, a la tentación que puedan sentir de suponer que el voto popular redime al gobernante de culpas y errores.

La única estrategia electoral válida es la que da el triunfo. Las demás son perdedoras. Así como Mesa consiguió forzar la segunda vuelta y con ello la salida de Morales, Arce logró reconquistar el poder. Y lo cierto es que lo hizo con una holgura sin precedentes y en una situación política desventajosa. Cualquier análisis debe tomar como punto de partida esa realidad. El negacionismo y las teorías de la conspiración no son el mejor camino para sacar conclusiones y lecciones útiles para la convivencia democrática.

No voy a insistir en el pecado original de la postulación de Jeanine Áñez, a la que renunció tardíamente, ni en la mala gestión del proceso de transición, incluida la campaña contra la pandemia salpicada de escándalos, ni en el funesto papel de su Ministro de Gobierno, factores que probablemente cohesionaron al masismo y coadyuvaron a su recuperación; tampoco voy a referirme a la falta de visión y a la ausencia de un proyecto atractivo de los opositores al retorno del MAS.

Será útil, sin embargo, ahondar en las causas de la recuperación del MAS tras la crisis de noviembre, resultante del empecinamiento de su líder en la reelección vitalicia, y a pesar de su liderazgo del violento e irracional “bloqueo del oxígeno” de agosto pasado, acción que en cualquier otro país del mundo hubiese sepultado políticamente a sus promotores. Es evidente que el MAS logró instalar la esperanza en la restauración del “milagro económico”, como respuesta a la crisis agudizada por la pandemia, y alentar y capitalizar el temor al advenimiento de una ultraderecha neoliberal, fundamentalista y racista, en la que englobó a todos sus rivales.

Las primeras declaraciones del vencedor del 19 de octubre, en sentido de que no será un títere de su mandante, pero sobre todo las manifestaciones “autocríticas” de David Choquehuanca, quien ha reconocido errores y ha señalado la necesidad de enmendarlos, han abierto cierta esperanza en un cambio de talante en los nuevos gobernantes, muy necesario para restañar heridas y promover la reconciliación nacional. El 54% del resultado electoral dio un ganador, pero al mismo tiempo mostró la profunda división de la sociedad boliviana. El vencedor deberá gobernar para ambas mitades.

El voto popular, como dije, no redime. Evo Morales presidió un gobierno autoritario, corrupto y despilfarrador, violador de su propia Constitución y negador de derechos políticos y civiles básicos. Eludió todo control y fiscalización al suprimir la división de poderes. Su sucesor no puede hacer lo mismo, pero la trayectoria de su líder, a quien me cuesta verlo alejado del poder, no invita precisamente al optimismo. Lamentablemente, con el perdón de Elena Garro por robarle el título de su novela para esta columna, la gestión de 14 años de Evo Morales es un mal recuerdo del porvenir.

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