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Reynaldo Javier González

Paolo Agazzi (Italia, 1946) es, sin lugar a dudas, uno de los referentes principales del cine boliviano, principalmente en los ámbitos de la dirección, la producción y la formación. Director de películas como Mi socio (1982), Los hermanos Cartagena (1985), El día que murió el silencio (1998), Sena Quina (2005), entre otras, es un realizador que ha atravesado distintas etapas, trabajando conjunta o paralelamente a otros realizadores de importancia, con la singular cualidad de poder llegar con su obra tanto a públicos especializados como a las grandes masas.  

Hace poco más de un año, el cineasta nacionalizado boliviano sorprendió a todo el país con el anuncio de una secuela de su filme más entrañable y exitoso, Mi socio, incluido entre las películas fundamentales del cine boliviano. Con el retorno, 38 años después, de sus protagonistas el Vito (David Santalla), el Brillo (Gerardo Suárez) y el camión, la secuela se estrenará esta semana en cines de todo el país a la espera de que el público boliviano le rinda un tributo a este clásico al llenar las salas.

La Esquina aprovechó la ocasión para conversar con Agazzi.  

¿Cómo llegó a nuestro país? ¿Cuál fue su primera impresión de Bolivia?

Si hubiera llegado Bolivia en esta época no sé si me hubiera quedado. Me explico: llegué a este país como mochilero con la intención de quedarme un mes, conocer un poco el territorio y luego irme por tierra a Perú y México, porque estaba muy interesado en conocer las culturas precolombinas. Quería conocer la Ruta del Che Guevara, que era un mito en esa época, sobre todo en los ambientes universitarios. Al terminar ese mes me di cuenta de que Bolivia era un país fascinante, mucho más complejo de lo que me imaginaba y que un mes no era suficiente para conocerlo. Entonces decidí quedarme un poquito más, y luego otro poquito más. También había tomado contacto con la productora Ukamau de Antonio Eguino y del gran guionista Óscar Soria y se profundizó una relación de amistad con ellos, los que entonces preparaban la película Chuquiago (1977), y me fui integrando de a poco a la realización de ese filme. Al final participé en su rodaje como asistente de dirección. En ese momento me di cuenta de que mi camino estaba más o menos claro y definido. Y bueno, pasaron todos esos años y aquí me encuentro.

¿Cómo fue la primera vez que leyó el guion de Mi socio, su primer largometraje?

Después de haber hecho Chuquiago tuve la posibilidad de trabajar con parte del equipo en un largometraje en el Cusco, Perú, y participé como asistente de dirección en la película peruana Yawar Fiesta (1979), basada en la novela de José María Arguedas. Cuando volví a Bolivia seguí con la productora Ukamau. En ese tiempo pasaron muchos eventos políticos importantes y tuve la oportunidad de conocer a muchas figuras intelectuales. En el 78’, cuando se reabrió la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) —que estuvo cerrada durante la dictadura de Banzer—  se creó el Taller de cine, del que me hice cargo junto a Raquel Romero. Los dos años que duró hasta el golpe de Luis García Meza (julio de 1980) fueron muy valiosos porque logré conocer a personas muy interesantes, como Luis Espinal, e hice un par de cortos. Frente a la situación que se presentó (la dictadura militar) no había mucho más que hacer, entonces, junto a Óscar Soria y a otros compañeros del taller empezamos con la idea de hacer un largometraje. Soria planteó un argumento que tenía y empezamos a trabajar en equipo. Cuando al final del golpe de Estado (1981) empezó a suavizarse un poco la presión política es que decidimos hacerla. De hecho, empezamos el rodaje en los últimos días de la dictadura militar. Entonces hacer Mi socio fue como ‘salir a la superficie’ en un tiempo de mucho temor, de represión. Fue como respirar. Fue un trabajo en el que participaron muchas personas y se estrenó con un éxito que ninguno de nosotros esperaba. El resto es historia.

¿Cuál es el recuerdo más especial que tiene de las personas con las que trabajó y conoció en ese período?

Luis Espinal fue asesinado un año antes de que nosotros comenzáramos el rodaje de Mi socio y una de las cosas que más me duele es que no pudo ver la película terminada y que yo no pude tener la impresión suya como crítico, que para mí era muy importante. Eso fue muy doloroso.

Mi socio fue una cinta complicada de hacer por el viaje y los varios lugares donde estuvimos. Teníamos muchas limitaciones económicas. Viajamos incluso dentro del camión. En el guion del filme se decía que el camión transportaba huevos y nosotros decíamos: “No, Mi socio transporta huevones”, en referencia a nosotros (ríe). Para su filmación viajamos en condiciones límite que hoy en día sería imposible repetir. Improvisamos algunas puestas en escena y solucionamos varios problemas de último momento, pero justamente esas dificultades agudizaban la creatividad. Creo que eso se nota en la película.

Mi socio es una road movie que plantea temas como la relación entre oriente y occidente, entre cambas y collas…

Ese es el tema de fondo de la película: el viaje desde Yapacaní hasta La Paz de esos dos protagonistas, un niño y un adulto, uno camba y otro colla, con todo lo que eso significa. Pero la base de la historia es que entre los dos va creciendo un cariño, un respeto, una amistad y ahí nace una integración en sus puntos de vista. Hay que pensar que el Brillo, que si bien era un niño, era uno muy maduro, con una experiencia de vida fuerte y en cierto sentido era más serio que el adulto. Eso lo teníamos claro desde el comienzo: la película trata la amistad y la integración entre cambas y collas.

¿Cómo explica el éxito inmediato del largometraje en taquilla y luego su posicionamiento como una de las películas fundamentales del cine boliviano?

Eso fue sorpresivo, porque el cine boliviano de aquel entonces era el claramente político de Jorge Sanjinés o era el de corte social como el propuesto por Eguino en Chuquiago. Mi socio rompía con esos dos esquemas y creo que eso llamó mucho la atención del público. Además, la película permitía conocer y ver mejor al país porque en esa época no era tan fácil viajar como ahora. Había gente del oriente que no tenía ni idea de cómo era el occidente y viceversa. Creo que eso sorprendió gratamente. Pero también había algo mágico que era ese trío de, como dice la canción, “el Brillo, el Vito y el camión”. Intentar hacer un análisis de por qué la historia gustó tanto se lo puede hacer, pero también hay un factor de imponderabilidad. ¿Qué fue eso que hubo? ¿Qué magia habrá tenido la película?

¿Cómo surgió la idea de hacer una segunda parte más de 35 años después?

En todos estos años muchas personas me exigían  que me anime a hacer una secuela, pero, por mi forma de ser, yo no quería. Siempre busco cosas nuevas y diferentes. Pero hace un año y medio encontré unas fotos antiguas por ahí, una en especial que me dejó estático: se veía a David Santalla en el rodaje con la claqueta de Mi socio en sus manos. Jugaba con los muchachos del equipo. Se los veía muy felices. Publiqué esa fotografía en mi Facebook y tuvo una reacción impresionante de la gente. Pero de entre todas esas personas había una, que no había conocido nunca, que me  escribió con el argumento de que tenía una idea para la continuación de Mi socio. Ese señor me dijo: “Yo le voy a mandar un guion sin ningún compromiso”. Yo, por amabilidad y curiosidad, empecé a leerlo y me gustó porque era coherente, presentaba la historia con esa salvedad de que había pasado mucho tiempo. Y el guion justificaba eso,  aparte de la historia como tal que era bonita. Y luego pensé: “Bueno, está todavía el camión, está todavía el Brillo, está todavía el Vito… ¡Le meteremos!”.

¿Qué elementos de Mi socio recupera esta secuela y qué otros innova?

Principalmente el viaje entre oriente y occidente, el concepto de road movie. Por otro lado, la historia también toma como elemento base la solidaridad y la amistad, que es el espíritu de Mi socio.  Me pareció que había coherencia en ese sentido. En la película planteamos que la verdadera amistad y la solidaridad van más allá de los problemas que pueden surgir, está el tema de la familia (hay un personaje nuevo que es la hija del Vito). En esta cinta hay valores muy importantes de la sociedad boliviana, que son tan válidos ahora como hace 30 o 40 años. Por eso decía que el filme muestra un país que ha cambiado bastante en muchos aspectos, pero que al mismo tiempo no ha cambiado nada en su esencia: continúa aún esa dicotomía entre oriente y occidente, entre cambas y collas, tal vez con un enfoque diferente de lo que era 35 años atrás. Por ejemplo, en términos de cine, ahora se hacen películas para collas y otras para cambas, se piensa en cada público. Yo creo que Mi socio 2.0 concierne a collas y cambas, occidente y oriente.

En la comparación de ambas películas, ¿cómo han cambiado las condiciones para hacer cine en Bolivia?

El cambio de formato es fundamental, ha democratizado el acceso al cine porque ya no está la dependencia de importar el celuloide ni la necesidad de mandarlo afuera para hacerlo revelar. Ese es un alivio muy grande debido a que hoy en día tú puedes hacer un filme hasta con un celular. Eso en lo bueno. Ahora, lo malo es que las nuevas generaciones —no todas, pero sí la mayoría— se acercan con menos rigor al cine. Antes cada minuto y segundo que se filmaba resultaba un costo muy grande, uno tenía que pensar muy bien cada toma, ensayaba más para no equivocarse. Ahora se pueden repetir las escenas las veces que sean.

A propósito, ¿cómo ve usted el cine boliviano actual?

Hay un poco de todo. Para analizar el cine boliviano actual se debe partir de dos premisas: gracias al adviento del digital y la democratización ahora hay más producción, pero también ha cambiado algo que me parece fundamental: la exhibición. Hoy las multisalas te ofrecen una cantidad muy grande de propuestas cinematográficas, entre 10 y 12 películas de estreno mundial. Antes cada cine albergaba una sala o dos y tenías que esperar a que lleguen las producciones. Y, además, gracias al internet el público está mucho más informado. Así que la competencia es muy dura. Hace muchos años el estreno de un filme nacional era un evento, ahora ya no. Ahora las cintas bolivianas se pierden en comparación a todas las otras propuestas. Películas como Chuquiago y Mi socio llegaron a tener en su estreno a más de 300 mil espectadores, una cifra impresionante para la época y más aún para hoy. Incluso, en su vigésimo aniversario, en 2002 reestrenamos Mi socio en el cine 16 de julio, evento en el que usamos una copia nueva.  

Estuvo entre las cinco más taquilleras de ese año a pesar de que era solo una reposición. Eso ya no sucede. Ahora una película nacional que llega a 15 o 20 mil espectadores es un éxito total. Esa es la dificultad principal, la recuperación económica. Hasta el año pasado el Estado no contribuía al cine —no hay un solo país en el mundo en el que los gobiernos no fomenten la producción nacional—. Recién en 2019 con el fondo del programa de Intervenciones Urbanas del Ministerio de Planificación del Desarrollo empezamos a recibir ayuda muy importante —de hecho, Mi socio 2.0 se pudo financiar con ese presupuesto—, pero estuvimos más de 15 años sin ese aporte estatal, ignorados. Es por eso que se hicieron películas con presupuestos muy bajos, eso influyó en los resultados finales. Ves películas extranjeras con una calidad técnica extraordinaria y las comparas con las cintas nacionales y… Es obvio que las nuevas generaciones tienen una mayor formación visual y hacen comparaciones que van en desmedro de las películas nacionales. Eso pesa mucho.

Sin embargo, a veces aparecen filmes que pese a todas estas limitaciones tienen temáticas e historias tan interesantes que llaman la atención. Por ejemplo, hay películas bolivianas que salen a festivales con una propuesta artística y personal tan interesantes que tienen buena acogida, pero después el resultado comercial no es lo que uno esperaría, pero el ego de los cineastas queda conforme, como un pago ‘abundante’ para ellos por haber podido circular su obra en el extranjero. Yo creo que este año se estrenarán por lo menos media docena de largometrajes bolivianos importantes de nuevos realizadores que tienen mucho que decir, pero hay que ver cómo va a reaccionar el público.

¿Cómo es que los cineastas deben afrontar esta falta de apoyo económico?

Deben esperar a que la abuela se muera lo antes posible para obtener la herencia (ríe).  Mentira, ya hablando en serio solo queda hacer grandes esfuerzos porque si a uno no alcanzar para pagarle al personal puede quedar con muchas deudas y problemas. Hacer cine es una actividad tan atractiva que el director, con tal de trabajar en su nueva película, estaría dispuesto a todo. Antes se hacían filmes o muy comerciales o muy elitistas, lo que se dice ‘cine de autor’, sobre todo entre los jóvenes para quienes no es tan importante que la gente vaya a ver su obra sino presentarla en los festivales. Esos extremos hacen que una producción cinematográfica sea medio desconcertante. 

Yo creo que hay que hacer cine popular en el que se cuenten historias dignas y bien hechas, pero que también gusten al público ‘normal’. Jean Renoir decía que una película que no tiene público no existe. Pasa que el cine es un medio de expresión tan peculiar por sus costos y porque es un trabajo de equipo, que resulta demasiado caro darte el lujo de hacer una película para uno mismo. Como cineasta debes tener mucha responsabilidad hacia el equipo que te colaboró y hacia las personas que van a gastar de su dinero para ver la historia que le ofreces. La responsabilidad del que quiere hacer cine es hacer algo no para uno mismo, sino para el público que paga.

¿Cuáles considera usted sus principales influencias?

Depende del tipo de cine que uno haga. Posiblemente por las películas que realicé, que son más cercanos al estilo de la comedia (Mi socio, Sena Quina o El día que murió el silencio), en el que también hay elementos de análisis y crítica social con cierta ironía y humor, yo creo que me influyó mucho la comedia italiana, que es el cine con el que me alimenté en mi adolescencia. Evidentemente son películas populares con un nivel técnico muy grande. Yo creo que una cosa es lo comercial y otra lo popular. Uno de los directores que más aprecio es Federico Fellini, pero yo no haría una película a su estilo, porque a pesar de que lo aprecio mucho, debido a que aprendí mucho de su arte, una cosa es lo que me ha influido y otra lo que deseo hacer. Así concibo este hermoso trabajo. 

¿Cómo evalúa su carrera cinematográfica?

Mi padre, que en paz descanse, me dijo una cosa cuando le conté que iba a quedarme en Bolivia. Él logró ver solo dos cintas mías,  Mi socio y Los hermanos Cartagena, y me preguntó: “Si querías quedarte en Latinoamérica para hacer cine, ¿por qué elegiste un país en el que no hay una industria de cine y donde es tan complicado hacer películas? Era que te vayas a la Argentina, México o Brasil, en esas regiones sí hay una industria consolidada, ahí se hacen muchas películas. ¿Por qué de todos esos países tuviste que escoger Bolivia, donde es más complicado hacer cine?”. Yo no supe nunca qué responderle. ¿Cómo evalúo mi carrera? Creo que acá tuve suerte a pesar de las muchas limitaciones que siempre existieron. Posiblemente en otro país hubiera tenido la posibilidad de hacer cine con más frecuencia. En Bolivia todo ha sido un poco más complicado. Estuve más de 12 años trabajando en la televisión debido a que no había las condiciones para hacer largometrajes. Desde mi segunda película hasta la tercera pasó mucho tiempo, hubiese podido hacer más películas en ese transcurso. Pero aun así creo que logré crear filmes que de una u otra manera tuvieron un peso bastante importante.

Más allá de esta fascinación que le produjo Bolivia cuando llegó al país, ¿qué cree usted que lo arraigó a esta tierra?

Bolivia es un país complejo, muy contradictorio, es un territorio fantástico desde el punto de vista cultural y geográfico en todos sus contrastes. Creo que todo eso me fascinó. Además, cuando yo llegué todavía se hablaba del ‘tercer mundo’. Ahora, con el internet, ya no existe ese concepto, sino solo la parte económica. Antes había cierto exotismo por Bolivia, pero ya no hay eso. Ha cambiado esa visión. Imagino que si tuviera que llegar a Bolivia ahora no me llamaría mucho la atención. Pero este país ya es el mío. Soy un boliviano más.

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