Winston Estremadoiro

Estados Unidos es un país construido por inmigrantes. La cabeza de playa original quizá la hicieron minorías religiosas europeas; luego se expandieron por el territorio escasamente poblado de tribus indígenas. La sed de tierras y la hambruna europeas impulsaron la marcha hacia el oeste. La necesidad europea de dinero para financiar sus contiendas propicio la compra de la inmensa Luisiana. Chau Pieles Rojas, los primeros prejuiciados; trajeron culíes asiáticos para construir ferrocarriles, los segundos. La mitad de tierras mejicanas escamoteadas les brindó la tercera minoría. Ni la sangrienta Guerra Civil ayudó a los esclavos africanos liberados: su cuarta minoría prejuiciada. Los “latinos” caribeños, centroamericanos y sudamericanos a detenerse con el Muro de Trump son la quinta. Los inmigrantes irlandeses, italianos y otras nacionalidades se asimilaron en la sociedad, facilitados por el color de la piel.

 Decía un experto que cuando el Estados Unidos blanco se resfría, el Estados Unidos negro se contagia de neumonía. En tiempos del Coronavirus, yo agregaría que de Covid 19, enfermedad que deriva en las vías respiratorias, casi siempre letal. El virus mortal se ensaña con afroamericanos y “latinos”, tal vez porque en un medio racista los pobres y menos privilegiados son los más afectados.

Porque la primera economía del mundo, y el mundo entero, están enfermos. No es solo la pandemia del Coronavirus. El origen del mal y el Prólogo de “Rage”, el nuevo “bestseller” de Bob Woodward lo ilustran; (confieso no haberlo leído aun porque lo recibí anoche). Donald Trump lo conocía a inicios de febrero 2020. Había un puñado de infectados una semana después, y hoy ya se cuentan en más de 220.000 los muertos, más que en las cinco últimas guerras estadounidenses, y suman y siguen, mientras el ególatra sigue negando la gravedad del problema, para no “crear pánico”. Así como algunas epidemias se originaron porque unos africanos comieron monos, o que el mal del Sida fue achacado a los gais, poco importó que el Covid 19 se iniciara en China con algún bicho silvestre aderezado con salsa soya. Lo peculiar fue que los chinos se adhirieran a Sun Tsu y que se joda el planeta y sus eventuales adversarios.

La economía de la primera potencia mundial se fue al tacho. Centenas de miles de empresas medianas y pequeñas cerraron o subsisten como agarrados del gajo de un árbol en floresta que arde. Millones engrosaron las filas sin distancia social recomendada de los desempleados. Los políticos no se ponen de acuerdo en los paquetes de asistencia, que aumentan día a día como pajaritos quemados a los que soplan el culito para revivirlos.

Así como la pandemia obliga a cambiar rutinas sociales (yo sigo prefiriendo el beso en la mejilla al roce de codos), el Coronavirus ha postergado muchas prioridades. La preocupación con la desigualdad social es una de ellas. Lo pregonaba en el año 2001: “la absurda situación que vive el mundo es que nunca antes en la historia se ha producido tanta riqueza, y nunca antes han vivido tantas personas en la miseria. La riqueza aumenta, pero la desigualdad crece más. En 1820 la brecha del ingreso per cápita entre los países más ricos y los más pobres era de tres a uno; en 1992 era de 72 a uno”. ¿Cuánta será ahora? Lo peor, ¿o lo mejor?, es que se muestra la desigualdad en los mismísimos países ricos. Muchas medidas en contra de la pandemia hacen más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Un caso sonado es el estadounidense, y los que se oponen a tal desigual repartija son tildados de comunistas o socialistas o a lo menos de social demócratas.

A veces cavilo si plagas mortales como el Covid 19 no son un castigo a los humanos por su irresponsabilidad con el medio ambiente planetario. ¿Serán los incendios forestales por las parrilladas mal apagadas en parques, o por la antigua técnica de quema y roce de bosques para sembrar arroz? ¿Será atributo de clases medias emergentes el reemplazo de bolsas de tela de nuestras abuelas, por los dañinos envases de polietileno? ¿Tendrán relación los pedacitos de plástico en los estómagos de peces muertos, con los bañistas de playas paradisiacas y el cáncer cada vez más prevalente? ¿Se cambiara el “azúcar, azúcar” de algún cimbreante ritmo de Celia Cruz por estevia?

A mis tres cuartos de siglo, ya poco me importa. Eso sí, habrá que revisar cuentas de algún senador de la república que confunde la letra “S” por la “C”; o algún padre de la patria que gaste mucho en salones de belleza para enrular su “cabellito de ángel”, como Trump. En una reunión de condiscípulos no dio para risotadas, apenas una que otra sonrisa tristona por ahí, festejando un condiscípulo un poco “loki” que dicen acudió a votar cargando una mesita en preaviso de su preferencia electoral. De lo que estoy seguro es que los países ricos no redistribuirán su riqueza a menos que los costos de la desigualdad o el desastre del medio ambiente les parezcan demasiado altos.

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