Incluso es posible situar en 2016 el inicio de este complejo proceso político, con un partido que fue hegemónico y que está agotando todo para retomar el poder, “así sea por las malas”, según declaró sin sonrojarse un dirigente potosino durante un reciente acto de campaña. No obstante, el último tramo proselitista para la renovación de los poderes públicos comenzó formalmente en octubre de 2018, hace dos años, cuando el establishment promovió unas elecciones primarias con el único propósito de legitimar la reelección sin límites legales.

Pues bien, a estas alturas resulta innegable que el Movimiento Al Socialismo (MAS) esté siempre listo para hacer campaña electoral. De hecho, es el estado natural y permanente de este partido que supo movilizar organizaciones sociales y sindicatos para llegar al poder. La dinámica electoral fue permanente y Evo Morales fue quien se benefició de los votos del país.

Las elecciones libres —entiéndase no fraudulentas— constituyen un valor clave de la democracia. También está, en esa línea, la construcción de instituciones creíbles con un sistema de partidos sólido, así como poderes independientes capaces de coordinar entre sí. El MAS maquilló la democracia con el voto, pues escondió sus afanes autoritarios cuando destruyó al sistema político basado en las libertades de pensamiento y asociación. Anuló toda posibilidad de independencia de poderes cuando controló, especialmente, a la Justicia.

En esa ruta de desinstitucionalización, Morales y sus estrategas impusieron una Ley de Organizaciones Políticas que estaba destinada a legitimar la reelección indefinida. En 2018, cuando ya tenía el aval constitucional sobre una supuesta legalidad para perpetuarse en el poder, se presentó a unas insólitas primarias para validarse. Unas elecciones internas en los partidos son el mecanismo de consolidación de estas entidades no de validación de caudillismos. Esa fue la lección de ese tiempo.

Precisamente, fue en ese tiempo —el 6 de octubre de 2018— cuando Carlos Mesa decidió postularse a la presidencia de la mano del Frente Revolucionario de Izquierda (FRI). El resto de los contendientes, incluidos muchos actores que ahora ya no están en carrera como el mismo Óscar Ortiz, se fueron anotando en una campaña que ya dura dos años para poder pelear con las armas de la democracia y en desventaja contra la estrategia hegemónica de Morales.

Es oportuno subrayar que han pasado dos años desde que se busca convencer al ciudadano. Las cartas ya están echadas y el ciudadano sabe perfectamente cuáles son las consecuencias del autoritarismo, incluso más allá de una estabilidad que, por cierto, no fue un mérito de los azules. La elección del domingo mostrará la tendencia del país y la visión de un sistema político inmaduro que debe asumir los retos de un futuro incierto.

Las consecuencias de la campaña electoral más larga de la historia, además de la fatiga de los candidatos y el hastío de los electores por esos mensajes, algunos con pretensiones violentas, proselitistas se verán en los resultados. El país necesita madurar y pensar en la unidad. Quizá los méritos de contar con una nación sin autoritarismo, con una sociedad corresponsable de su futuro pese más a la hora de extrañar al caudillo.

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