BISTURÍ
Franklin E. Alcaráz del C. (*)

Mucho. Muchísimo se puede hablar sobre título de esta columna. Pero el “lenguaje” implica más que solo identificación étnica. Todos los países del mundo tienen grupos de gente que hablan el idioma oficial de manera diferente. Los europeos educados, por ejemplo, llaman “dialecto” a la forma popular del habla en los diferentes idiomas de los diferentes países que conforman ese continente. Las clases, o estratos educados, siempre han procurado hablar el idioma que corresponda, de buena manera. Lo mejor posible. Eso los diferencia de la “chusma”. En Europa, de nuevo, aún existiendo diferencias regionales en la sintaxis y fonética de las diferentes lenguas según los estratos sociales, los estratos medio alto y alto, procuran hacer el uso más correcto posible del lenguaje. Igual pasa en nuestra América Latina y, por supuesto, Bolivia, que con sus diferentes regiones, no podía ser la excepción.

Y de allí, a usar el lenguaje, o la forma de hablar, como instrumento de poder, ya es otra cosa. Al respecto, Geoge Orwell se ocupó constantemente del tema. Escribió diez ensayos sobre el uso de la lengua y el despliegue del poder, que la editorial Debate” los publicó bajo el título de “El poder y la palabra”. Allí encontramos, por ejemplo, su reconocido dicho “Para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario”. Otro importante estudioso del tema fue Víctor Klemperer que en 1947 publicó “LTI. La lengua del Tercer Reich” en plena alemania ocupada por la entonces URSS, donde muestra que “ninguna sociedad permanece inmune a la distorsión de la lengua” y que “el lenguaje crea y piensa por nosotros tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que nos entregamos a él”.

Es probable, sin embargo, que Evo Morales haya hecho uso de este tipo de instrumento político, sin saberlo y sin darse cuenta del poderoso medio con que contaba. Su poca o ninguna formación, su modo de vida y desarrollo condicionaron un líder a la medida de una buena parte de la población boliviana. No habla quechua ni aymara y habla muy mal castellano. No por que quiera, sino porque así se formó. Usaba y usa más su mal castellano como medio de comunicación; aunque probablemente su lengua materna fuera el aymara que terminó hablando poco y olvidándolo por el escaso uso que le daba.

Habla y pronuncia mal el castellano, porque tanto el aymara como el quechua solo tienen tres vocales: la a, la i y la u.  Por eso no pueden pronunciar, por ejemplo, Antonio y dicen “Antuñu”; o en lugar de Perú, dicen “Piru”, o Argentina pronuncian “Argintina” y caballo dicen “kawallu”. A esa fonética, hay que sumarle que Morales hilvana mal las frases y oraciones que muchas veces las emite sin terminarlas… y hay que adivinar lo que quiso decir.

A los bolivianos nos consta cómo hablan español los aymaras y quechuas (los guaraníes también tienen su forma de hablar el idioma de Cervantes), piensen entonces porqué les choca que vaya un mestizo bien educado queriendo hacerse entender en “buen romance”, con esa parte del pueblo (que además tiene otro color). Para ellos, sencillamente, es otro idioma, “otra gente”. No le entienden. De ahí es que sale el “voto duro del MAS” y traten de hacerles entender que tarde o temprano no serán lo mismo. Van a acabar absorbidos por la inmensa mayoría mestiza de este subcontinente que tiene como característica la mezcla de razas y orígenes. De ahí también el fracaso de la política de “indianizar” al blancoide nacida de los embrollos intelectualoides de García Linera. Pero bueno, para contribuir a la comprensión de por qué es tan difícil romper “el voto duro” del MAS, hay que tomar en cuenta todos los factores que lo construyen. 

(*) Médico, investigador, ensayista y escritor

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