Como si toda la polarización que viene ocurriendo desde hace tiempo no fuera suficiente, el debate presidencial agregó algo más: los nombres de dos grupos extremistas radicales. Desconocidos para el grueso del electorado, se trata de “Proud Boys” y “Antifa”. Evidencia adicional de un país inédito.

Es que, nótese, era un país en el cual una de las explicaciones clásicas de la baja participación electoral decía que ambos partidos son lo mismo, con meras diferencias de matices. Con lo cual votar o no hacerlo daba lo mismo. Pues ahora los dos candidatos se acusan de neofascismo y anarquismo respectivamente, cuando en realidad ambos son mucho más moderados que eso.

Ocurre que, más allá de la polarización en curso, siempre dentro del cauce institucional, ciertos movimientos en la base no son precisamente una expresión de cultura cívica, esa que maravilló a Tocqueville a comienzos del siglo XIX. En todo caso, son el rostro desagradable de una igualmente enraizada tradición de intolerancia de la sociedad, la cual ha emergido en estos años potenciada como pocas veces en el pasado.

El moderador Chris Wallace le preguntó a Trump si estaba dispuesto a condenar a las milicias y los grupos supremacistas blancos. La respuesta inicial de Trump fue que la violencia en las calles es responsabilidad de la izquierda radical. Wallace insistió y el presidente replicó: “¿De quién habla? Deme un nombre”. Fue imperceptible en el desorden, pero fue Biden quien lanzó “Proud Boys”.

“Seguro”, respondió Trump, “estoy dispuesto a hacerlo”. Les digo “Stand back and stand by”; “pero alguien tiene que hacer algo con Antifa y la izquierda”. Biden intervino diciendo que “Antifa es una idea, no una organización”. El corto intercambio es la imagen consumada de esta nueva realidad: el extremismo y la violencia metidos de lleno en la conversación electoral.

La respuesta de Trump pudo haber sido imprecisa—la expresión quiere decir “dar un paso atrás”, aunque también “estar preparado”—pero la realidad es que ha tomado distancia de un racismo que por definición se remonta al Ku Klux Klan, fundado alrededor de 1860 en el Sur. De hecho, su administración ha propuesto declarar al Klan “organización terrorista”, al tiempo que procesarla como tal, y designar “Juneteenth” feriado en todo el país, fecha que conmemora el fin de la esclavitud.

Pero si Trump fue ambiguo, la respuesta de Biden fue peligrosamente errónea. Pues si solo fuera una “idea”, Antifa estaría protegida por la Constitución bajo la primera enmienda, la libertad de expresión. No sería una buena noticia.

Que Antifa no esté organizada en una estructura jerárquica no significa que no sea una organización. Ocurre que funciona de manera horizontal por medio de células autónomas, las cuales comparten ideas similares, un cierto anarquismo difuso, y usan idénticos métodos, violentos, lo cual han hecho explícito en sus “manifiestos”.

Y en la calle. Son perfectamente reconocibles en las protestas, están vestidos de negro y con pasamontañas, y están en la primera línea de los saqueos y la destrucción de propiedad. En Portland, por ejemplo, han mantenido a la ciudad en vilo durante largas semanas, “los 100 días de protesta”.

Lo peculiar es que Antifa y otras organizaciones radicales prestan un servicio: movilización y presencia territorial, es decir, pueden sacar gente a votar en una sociedad en la que el vencedor siempre es el que logra motivar a su base natural a salir de casa ese primer martes de noviembre cada cuatro años. Los Demócratas no querrán revivir 2016, cuando la base de Sanders, disgustada con el aparato partidario, no hizo campaña ni salió a votar. Nadie olvida que Hillary Clinton obtuvo 6 millones de votos menos que Obama.

Estas son las especulaciones electorales de la semana, surgidas del debate del martes 29 de septiembre. Pero eso fue antes, ahora todo aquello es viejo e inútil. Es que, al llegar al viernes, el Presidente anunció que había contraído coronavirus. Y el sábado se internó en la suite presidencial del hospital Walter Reed, poniendo al país y al mundo en vilo.

Y esa es ahora la especulación electoral fundamental. Esta es, definitivamente, una elección como ninguna otra. En un tiempo que no es normal, en un país inédito.

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