Rodrigo Villegas Rodriguez

Escritor y comunicador

No soy tu cholo, del escritor peruano Marco Avilés, es un libro que  recuerda “por qué los cambios sucedidos ya hace dos décadas en América fueron tan importantes, por qué esa aceptación del otro es fundamental…”.

Muchos nos ha pasado: estamos en un restaurante, en una oficina, en una cancha de fútbol, en un coliseo, en una discoteca, en un parque, en cualquier lugar: comemos, bebemos, jugamos, sonreímos, somos felices: un hombre, una mujer, un anciano, un adolescente, cualquiera de estos tipos de personaje de piel blanca como la cartulina o, incluso, de piel “color puerta”, nos bloquea el paso, o nos mira directo a las manos, a los pómulos, a los cabellos: a veces calla, pero su mirada expresa todas las palabras que guarda —siempre acompañada de un gesto, de esa maldita mueca de asco/que da asco—, y otras tantas te dice lo que “piensa”: “¿Qué haces acá? Vos no perteneces aquí. Vete. Regresa al lugar al que perteneces. Eso si no quieres que te haga algo feo”. Muchas veces esas oraciones no son pronunciadas, sino que el puño se anticipa. Ese puño histórico. Ese puño eterno.

Y ahí nace el miedo. Ese temor contundente que se enraíza muy en el fondo de nuestros pulmones, de nuestros dedos, de nuestras pestañas. Por eso temblamos. Por eso rogamos que ese terremoto pase, que su destrucción cese. Pero no sucede, a lo mucho es una ilusión. El derrumbe regresará.

Por eso los gritos, por eso las manos en alto, los pechos tatuados, las piernas rotas de tanto andar. Las gargantas secas de exhalar las palabras que nacen del núcleo, de esa ramificación de luces brillantes que es nuestro cerebro.

La lucha se convierte en esa batalla contra el imaginario, contra las ideas comulgadas como rocas. La guerra infinita. La persistencia a convertir este espacio de universo en algo “mejor”, en un mundo más aceptable.

No soy tu cholo

Un hombre consumido por las cicatrices. Ese es Marco Avilés, un cronista peruano —un hermano— que a través de un título revolucionario reflexiona acerca de ciertos sucesos de su vida y de sus allegados, personas nacidas en la sierra, en las montañas, en las parcelas. Gente color tierra que se ve segregada por los aromas de la ciudad, esos olores únicos que detectan a los que “no son suyos”, a los que rechazan con dureza.

No soy tu cholo es eso, quimeras que nunca se apagaron por completo. El libro te recuerda por qué los cambios sucedidos ya hace dos décadas en América fueron tan importantes, por qué esa aceptación del otro es fundamental. Por qué no se puede simplificar la violencia:

“Un hombre blanco que bebía en un bar de Kansas mató a balazos a un ingeniero indio e hirió a otro. ‘Lárguense de mi país’, gritó el asesino, según los testigos. Leo la historia en mi celular mientras almuerzo en un pequeño restaurante de Maine. El local está repleto de clientes blancos. ¿Algún pistolero anda suelto por aquí? Los músculos de mi cuello y el hombro derecho se contraen debido a la ansiedad, y ahora solo quiero volver a mi carro, a mis libros, a mi país”.

Esa mirada es la que combate a través de su prosa el peruano Avilés —reconocido periodista latino, autor de crónicas publicadas en antologías selectas de lo mejor de ese género en el siglo XXI—. Él vive en Estados Unidos ya hace unos buenos años, pero la categoría de inmigrante, de diferente, la tiene desde que llegó a Lima, capital de su país de origen.

Así como en muchas ciudades inmensas, Lima es un “matadero”. Un territorio creado exclusivamente para gente exitosa, bien vestida y perfumada. Ah, y un factor más: no apta para gente de piel oscura. No, ellos deben regresar a su ganado. O, si por alguna extraña razón permanecen en esa urbe, deben resistir a las miradas asqueadas de esos herederos de los privilegios, esos amantes de ideologías nazis, fascistas y de segregación.

Porque este criterio se refuerza por la importación de contenidos. Por la programación gringa y europea, esa que contamina los cerebros de los más jóvenes y los lleva a asimilar un mundo así de necesario, así de violento. Se normaliza.

Y así, de refilón, este texto se emparenta con —ahora más que nunca— un montón de libros que abordan este problema que parece nunca alcanzar una solución —sino por qué Trump es el Mandatario de EEUU o por qué Bolsonaro fue escogido por los brasileños. La guerra no ha terminado, solo permanecía ‘calma’—, pero también con películas y otras expresiones artísticas. Me llega a la mente Dependencia sexual, el filme de Rodrigo Bellot —porque prácticamente todo el cine de Sanjinés aborda este tradicional boicot contra las masas pobres—. En esa historia se plantea, entre tantas cosas, que el mal viene desde un lugar no tan lejano, pero no propio. Es una reflexión del territorio camba y sus jóvenes, ansiosos de pulir sus cuerpos y demostrar la superioridad de sus apellidos. Lo interesante es que nos muestra que esta idea pertenece a un estrato mayor, uno de destrucción histórica: los EEUU. No solo el rechazo por un ser distinto, de ojos negros y manos callosas, sino por el género opuesto y por cualquier distorsión.

“La lucha contra el machismo no es una batalla de las mujeres contra una sociedad que las maltrata. Es una batalla de todos contra esa misma sociedad taimada, cortesana y calzonuda que así como las oprime a ellas también lo hace con los cholos, con los campesinos, con los negros, con los homosexuales. El monstruo al que nos enfrentamos es el mismo. El monstruo a veces vive en casa”.

Libros como este nos permiten abrir las ventanas y dejar de normalizar ciertas cosas, inmensas a pesar de lo minimizadas que se encuentran: “El racismo es un demonio familiar. Vive con nosotros, se sienta en nuestra mesa, se echa en nuestra cama, nos susurra al oído. Lejos de enfrentarlo, hemos aprendido a disculparlo, a convivir con él, a aceptar la discriminación en las escuelas, en la publicidad, en la televisión. Ese demonio le dicta a cada quien, según su piel o su origen, cuál es su lugar o cuál no lo es. Es el Virreinato que todos llevamos dentro”.

Marco Avilés publicó otro libro similar hace muchos años: De dónde venimos los cholos, un conjunto de crónicas que tratan de lo mismo, de ese miedo eterno contra los sables de los poderosos, de esas manos color cal, pero también de la lucha progresiva para cambiar esa visión totalizadora. Esa mirada asqueada que a muchos nos ha detonado como un puño en el vientre. O algo peor.

linkedin