Opinión

Felipe Frydman – Economista

Las disertaciones de los líderes de los principales países de América Latina en la Asamblea General de las Naciones Unidas volvieron a mostrar las diferencias y la ausencia de una definición sobre la región. El presidente de México, Andrés López Obrador, en un discurso atípico explicando las etapas históricas de su país definió a la corrupción como el principal obstáculo para el desarrollo y destacó la importancia de los remesas enviadas por los treinta y ocho millones de mexicanos residentes en los Estados Unidos, estimadas en 40.000 millones, y la ratificación del acuerdo de libre comercio USMCA.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, encaró la defensa de su política sobre el medio ambiente y explicó el papel del TSJ en las responsabilidades durante la pandemia. Asimismo, subrayó la modernización de la legislación, el flujo de inversiones externas durante 2019 y primer semestre de este año y la conclusión del Acuerdo UE-Mercosur. También ensalzó la iniciativa de paz del presidente Trump en Medio Oriente al recordar el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel y los EAU y Bahréin y, como conclusión, definió a Brasil como un país cristiano y conservador cuyo cimiento es la familia.

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, después de resumir las políticas para enfrentar la pandemia y el cambio climático, hizo hincapié en la falta de liderazgo de las grandes potencias que “en lugar de confrontarse deberían liderar la lucha contra la pandemia” y “evitar que la pandemia y la recesión fortalezcan los autoritarismos y los populismos”. No tuvo reparos en calificar como dictadura al régimen de Nicolás Maduro y reclamó por elecciones libres en Venezuela. También mencionó la importancia de la Alianza del Pacífico y PROSUR.

En tanto, el presidente de Perú, Martín Vizcarra, quien superó el intento de destitución promovido en el Congreso, mencionó los avances en la contención del COVID 19, la implementación de políticas para sostener la economía equivalentes al 20% del PBI, pronosticó un crecimiento del 10% en 2021 y el Compromiso de Lima contra la corrupción. El Presidente mencionó el Pacto de Leticia firmado por siete países para la protección de la Amazonia y el Plan de Acción Regional. También convocó a encontrar una salida democrática y pacífica a la crisis de gobernabilidad en Venezuela.

Por su lado, el presidente Alberto Fernández efectuó su disertación invocando al papa Francisco y su prédica en favor de la solidaridad. Más allá de la inclusión del obligado tema del reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas y adyacentes reiteró por vigésima sexta vez la solicitud de colaboración (no condena) de Irán por el atentado de la AMIA. Fernández abogó por una Naciones Unidas 4.0 en sintonía con Gustavo Beliz, que proponía una Integración 4.0, una reforma del cálculo del PBI para incluir el trabajo de las amas de casa y medidas contra la desigualdad en los países de ingresos medios.

Las disertaciones en el marco de la Asamblea General siempre tienen un tono general pero en el marco de la grave crisis del COVID 19 que provocará un fuerte retroceso social era de esperar alguna referencia a la necesidad de aunar esfuerzos para una mayor integración, alguna indicación sobre políticas comunes para mejorar el acceso al financiamiento y fortalecer las relaciones económicas y comerciales. Todos mencionaron que nadie se salva solo y la necesidad de un esfuerzo de solidaridad, pero al momento de definir una estrategia predominaron los criterios nacionales. Los presidentes de México y Brasil destacaron sus vínculos con los Estados Unidos mientras Chile y Perú, con indicadores macroeconómicos sólidos, están en mejores condiciones relativas para encarar la reconstrucción y priorizar la Alianza del Pacífico en la estrategia regional. La Argentina optó por refugiarse en los mensajes espirituales del Papa Francisco muy auspiciosos para la política interna pero de escasa repercusión en un mundo diverso.

Ninguno recordó el Mercosur, pero quizás sería posible plantearse a partir de esta plataforma una convocatoria para sellar la unidad con la Alianza del Pacífico y acelerar los tiempos de la integración y la coordinación. La posibilidad de una América Latina unida sería una señal positiva para superar los daños provocados por el COVID-19 y también para incorporarse como región a la discusión de reordenamiento internacional que tendrá lugar el próximo año.

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